Hace unos días publiqué la web de mi empresa, Estudio Creativo Oliden.
La armé con inteligencia artificial. Le pasé mis servicios, los colores de mi marca, mi logo. Le pedí cambios tres veces. Enlacé el formulario. Y listo.
Veinte minutos.
Antes, esa misma web me habría tomado una semana. Instalar WordPress. Instalar Divi. Maquetear. Ajustar. Probar. Volver a ajustar. Una semana de mi vida, y yo llevo cinco años haciendo páginas web. No es que no supiera hacerlo.
Veinte minutos contra una semana. Suena a titular de esos que ves todos los días en LinkedIn.
Y por eso mismo tengo que ser honesta contigo: ese titular es una trampa.
Lo que no se ve
Los veinte minutos son ciertos. Lo que no te cuento es lo que pasó antes.
Días antes de abrir la IA, yo ya estaba trabajando en otra cosa. Estaba armando la estrategia de mi empresa. Hice cuadros con todos mis servicios y los dividí en niveles, según el momento y el presupuesto de cada cliente. Definí cómo iba a funcionar mi red de especialistas. Calculé cuánto ganaría cada partner si yo cerraba el negocio, y cuánto si solo me derivaban el trabajo y el contacto con el cliente lo tenían ellos.
Nada de eso lo hizo la IA. Eso lo pensé yo, y me tomó días.
Cuando por fin abrí Claude para hacer la web, no llegué con una idea vaga. Llegué con las decisiones ya tomadas.
Por eso salió en veinte minutos.
La IA no me ahorró el trabajo de pensar. Me ahorró el trabajo de ejecutar. Y son dos cosas completamente distintas.
La parte que la IA no pudo hacer sola
Hubo una cosa que no se resolvió rápido: el contenido.
Yo no quería una web que dijera lo mismo que dicen todas. "Somos líderes." "Somos expertos." "Somos innovadores." Esas frases no significan nada y todo el mundo las usa.
Yo tenía algo específico que decir: que Estudio Creativo Oliden no es una agencia más. Que soy un interlocutor único que coordina a especialistas reales. Que no vendo paquetes inflados, sino módulos que contratas según lo que necesitas hoy.
Eso la IA no lo adivinó. Se lo tuve que dar yo.
Y no solo la información: también el tono. Que fuera corto. Directo. Sencillo. Un lenguaje que entienda cualquiera que entre, no solo alguien del rubro. Los procesos también tuve que definirlos yo, porque son míos, porque es así como trabajo.
Cada ajuste que le pedí salió de un criterio que la IA no tenía. Solo yo lo tenía.
El logo torcido
Te cuento un detalle que parece tonto pero no lo es.
Le pasé mi logo en formato vertical. La IA lo colocó en horizontal. Y lo estiró. Se veía distorsionado, deformado, mal.
Lo noté al instante, porque soy diseñadora. Llevo años viendo logos. Un logo estirado me duele en el ojo. Se lo volví a pasar en horizontal y quedó perfecto.
Pero pregúntate algo: si esa web la hubiera hecho un emprendedor que no viene del diseño, ¿habría notado que el logo estaba estirado? Probablemente no. Y hoy tendría publicada una web con su marca deformada, sin saberlo.
La IA no tiene ojo. No tiene criterio. No sabe que un logo estirado se ve barato. Solo hace lo que le pides.
El criterio lo pones tú. Siempre.
Entonces, ¿sirve o no sirve?
Sirve. Muchísimo.
Yo no voy a volver a pasar una semana maqueteando algo que puedo tener en una tarde. Sería absurdo. La IA es una herramienta brutal y quien no la use se va a quedar atrás.
Pero quiero que entiendas bien de qué se trata, porque veo a mucha gente frustrada con esto.
Hay emprendedores que abren una IA, escriben "hazme una página web para mi negocio", y sale algo genérico, sin alma, que no los representa. Y concluyen que la IA no sirve.
La IA sí sirve. Lo que pasa es que llegaron sin nada.
Le pidieron a una herramienta que tomara las decisiones que les tocaba tomar a ellos. Y una herramienta no puede decidir quién eres tú.
Lo que me quedó
Si tuviera que resumir lo que aprendí haciendo esa web, sería esto:
La IA multiplica lo que ya tienes. Si llegas con claridad, la multiplica. Si llegas vacío, también multiplica el vacío, y muy rápido.
Antes, la barrera para tener una web era técnica. Había que saber maquetear, saber código, saber herramientas. Esa barrera se está cayendo, y me parece maravilloso.
Pero la barrera que queda es más difícil de saltar, porque nadie la puede saltar por ti: tienes que saber qué quieres decir.
Y eso no se resuelve en veinte minutos.